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CÉSAR ARTURO ABREU EN LAS “INTERROGANTES DEL CARNAVAL VEGANO”

domingo, 15 de julio de 2012


Por Jesús Méndez Jiminián
(1 de 2)


“Y llegado a La Vega,
Ciudad que se levanta
Llevando sus arterias sangre nueva,
A la orilla de un rio que le canta,
Circuido por bellos horizontes,
Halitos de pinos saturada,
Y como una reliquia, custodiada
Por un bárbaro ejército de montes;
Al llegar a este pueblo de alma blanca,
Que aunque muy azotado por las guerras
Crece en él la virtud mucho más franca
Que el mismo cafetal sobre sus tierras.” 

Ramón Emilio Jiménez, a la “Novia del Camú”
(1915), en los 1ros. Juegos Florales Veganos.



Al: Padre Cesar Hilario, en sus 54 años de sacerdocio y al Orfeón de Santiago en su 50 aniversario.


La Vega ha sido históricamente escenario de acontecimientos relevantes. Tanto así, que muchos de sus cultos e inteligentes hijos (as) manifiestan orgullosamente con el pecho erguido y un alto timbre de voz, ser los primeros en muchos hechos históricos en América. Para tan sólo citar algunos, César Arturo Abreu, entre otros, nos testimonia los siguientes: primer libro escrito en tierras americanas, en 1498, bajo el título de “Relaciones de las Creencias e Idolatría de los Indios…”, de la autoría del religioso Fray Ramón Pané; el de por sí relevante primer Sermón en defensa de los indígenas, en 1510, pronunciado por Fray Pedro de Córdova;  primer obispado residente en el Continente americano, en 1514; y, el de por sí relevante primer Sermón en defensa de los indígenas, en 1510, pronunciado por Fray Pedro de Córdova.

Por lo anterior y otras cosas más, La Vega, ha sido proclamada, y ello no es para menos, con el título de “Ciudad de Primicias de América”.

Llama poderosamente la atención en este orden, el que - tal y como señala el ilustre vegano Abreu Fernández en sus notas sobre las “Interrogantes del Carnaval Vegano” junto a Hugo Máximo Estrella y Dagoberto Tejeda - “hacía
1510 la Concepción de La Vega era la ciudad española más grande del Nuevo Mundo, con más de 10,000 habitantes (…) con unos 250,000 mts2”. Cabe recordar aquí, que por ejemplo, Santiago de los Caballeros apenas contaba con unos 8,000 pobladores, según el norteamericano Samuel Hazard, quien la visitó hacia 1871, pocos años después de ser el principal escenario del activismo revolucionario de nuestros soldados restauradores en la guerra heroica de 1863-1865, contra España y el general Pedro Santana, que la había convertido por vil decreto y acuerdo en provincia ultramarina de aquella bajo el infeliz alegato de que los dominicanos seríamos más prósperos y orgullosos.

Sin embargo, para no distraer más al amable lector (a), y para entrar en la parte fundamental de estas anotaciones ligeras y menudas, es preciso hacernos ahora la siguiente interrogante: ¿Fue en la Concepción de La Vega donde se llevaron a cabo las primeras manifestaciones carnavalescas en el Nuevo Mundo?  

Señala César Arturo Abreu en sus notas sobre las “Interrogantes del Carnaval Vegano”, que hacía 1514 llegó a La Española, y se estableció en la Concepción de La Vega en 1526, un aventurero español “alborotador y pendenciero… preñador de indias y acosador de  casadas, dueño de grandes haciendas y granjerías en toda la isla” de nombre Álvaro de Castro, que además tenía fama de ser armador de grandes fiestas y jolgorios. Todo parece indicar, según las fuentes consultadas por Abreu Fernández, que este singular personaje trajo a La Vega y zonas vecinas, unas fiestas populares de Andalucía, España, denominadas “juegos de moros y cristianos”, en los que se recreaban “batallas que tuvieron lugar en España durante el período conocido como LA RECONQUISTA…”, donde aparecía el famoso “juego de cañas”.

¿Cómo considerar que estas y otras manifestaciones que veremos más adelante – se pregunta de forma precisa Abreu y Fernández – pueden ser las primeras en términos carnavalescos en La Española y el Nuevo Mundo? Aparece aquí, la sustancia o esencia, según Abreu Fernández, de que en esos “juegos” promovidos en La Vega por el corrupto  Álvaro de Castro en lo que aparecen “disfrazados” algunos participantes se utilizaron “elementos propios del carnaval”.


Por otro lado, señala el destacado autor vegano, de acuerdo a otros datos apartados por algunos investigadores criollos que otros juegos conocidos como las “mascaradas” celebrados en la Concepción de La Vega hacia 1508, y que también tenían lugar en Santo Domingo, “podrían considerarse como celebraciones de carnaval”. Estas “mascaradas” propias de algunos países europeos, especialmente de Italia, durante los siglos XVI e inicios del XVIII aunque empleaban “la música y la danza” como “expresión integrada del carnaval, en el fondo -  dice Abreu Fernández -, ellas de por sí no constituyen carnaval”. Y agrega, respecto a estas manifestaciones, en La Vega, lo siguiente:

“Como conclusión… lo efectuado en la antigua ciudad de La Concepción – tanto en el 1508 con las mascaradas – así como con las escaramuzas de Álvaro de Castro, fueron expresiones que utilizaron elementos carnavalescos y no existen datos históricos que avalen que fue en esa ciudad donde se celebró el primer esencialmente auténtico carnaval del Nuevo Mundo. Eso aún está por demostrarse – agrega -, aunque es oportuno hacer constar que por la importancia que tenía esa ciudad y las primicias que en ellas tuvieron lugar, lo más probable es que fuese en esa “primera villa de cristianos” donde se celebrara el primer carnaval de América, pero esto es una lógica y razonable especulación que los investigadores o historiadores del Carnaval Vegano tienen el desafío de demostrar” (pp. 39-40).


Sin embargo, es simple entonces preguntamos, y lo reflexiona también el propio autor: ¿Cuándo aparece propiamente dicho el carnaval en La Concepción de La Vega? ¿Cuáles manifestaciones tienen lugar ante tal acontecimiento?

Si tal y como señalamos al inicio de estas notas, en La Vega, habían unas diez mil personas a comienzos del siglo XVI, ya casi a finales de esa centuria apenas vivían unos 100 habitantes. Y la respuesta de esto es simple: hubo un terremoto el 2 de diciembre de 1562 que azotó a La Vega, y quienes lograron sobrevivir se trasladaron al actual lugar que ocupa. Así que, las viejas costumbres que se iban arraigando en dicha sociedad, pronto se perdieron, y por tanto, tal y como lo atestigua César Arturo Abreu en sus “Interrogantes del Carnaval Vegano”, no hubo, por algo más de tres siglos “ninguna manifestación de índole carnavalesca” que quedara registrada, o al menos en el recuerdo.

Pero, el ritmo de vida en los veganos, podemos enfatizar aquí, empezó a cambiar radicalmente unas tres décadas antes de que finalizara el siglo XIX. ¿Cuáles acontecimientos las hicieron cambiar? La dictadura de Ulises Heureaux (Lilís) es justo señalar, impactó en el orden económico, material, cultural e intelectual de los veganos y del país. Más aún, muchos cubanos y puertorriqueños que por razones de la guerra que libraba España con los patriotas de estos pueblos, se vieron en la necesidad de huir y se asentaron, entre otros pueblos del país, en La Vega, logrando hacer allí significativos aportes. Aunque sin dudas, el ferrocarril La Vega – Sánchez logró, además, cambiar el modo de vida y ciertos hábitos de los veganos por aquellos años. Continuará.

 
El autor es ingeniero, escritor, miembro de la Academia Dominicana de la Historia y de la Cátedra “José Martí” de la UASD.

CÉSAR ARTURO ABREU EN LAS “INTERROGANTES DEL CARNAVAL VEGANO”


Por Jesús Méndez Jiminián
(2de 2)


DE “LA CULEBRA DE SAN JUAN” A “LA CULEBRA DE SAN BLAS”

Abreu y Fernández señala en sus apuntes un suceso importante acaecido en La Vega dos años antes de concluir la dictadura de Lilís (1899); anota el autor, tomando el dato del acucioso historiógrafo vegano, Jovino Espínola, que hacia 1897 “unos diez o doce operarios más de la zapatería” del padre de éste, organizaron una comparsa llamada “La culebra de San Juan”. Esto deja claro algunas cosas. Primero, que ya habían clases sociales en La Vega. Segundo, y esto es muy importantes, se tiene ya, tal y como dice Abreu Fernández, “la primera prueba documentada de una manifestación carnavalesca” en La Vega. Y tercero, y no menos importante, deja claro que ya las celebraciones del carnaval en esta ciudad, todavía con aires rurales, eran “algo de costumbre”. ¿En cuales años comenzaron a aparecer? No lo sabemos todavía.

¿Qué representaba la “Culebra de San Juan”? Abreu Fernández al tomar el dato de Jovino Espínola, apunta que: “Para ese tiempo (es decir, el año de 1897, n. de j.m.j.), mi padre era dueño de la primera fábrica de calzados existente en esta ciudad, cuyos obreros pasaban de veinte, siendo la mayoría de ellos de la capital; el resto eran cibaeños, cubanos y puertorriqueños”. Y a seguidas, Abreu Fernández nos brinda el dato clave al respecto cuando dice:

“Conforme a las crónicas, desde 1820 se celebraban en la villa Trinidad (Cuba, n. de j.m.j.), provincia de Sancti Espíritus, los carnavales sanjuaneros con motivo del solsticio de verano los que tenían lugar desde el 30 de mayo al 30 de junio en honor a San Juan, cuya celebración principal se efectúa el 24 de ese mes y que concluían con un desfile de comparsas que incluían las siguientes: Taita la Lanza (sátira a la corrida de toros). Comparsa de los Pitos (pitos de caña brava); El gallo, La Gallina, y La Culebra, es decir: La Culebra de San Juan. Es de deducir – anota --, con lógica justificación, que alguno o algunos de los operarios cubanos que trabajaron en el taller de zapatería del padre de don Jovino ponderaría la idea y el argumento de esta representación para escenificarla…” (p. 44).

Así, una enorme serpiente hecha a mano iba enroscada al cuerpo de uno de los participantes de la comparsa, mientras los demás pintados de negro, armados con lanzas, y desnudos de la cintura hacia arriba rodeaban al personaje del centro que iba muy asustado, además, por el reptil que llevaba alrededor a su cuerpo. Mientras hacían el recorrido por las calles de La Vega, los de la comparsa entonaban cánticos alusivos a la acción escenificada, algunos de los cuales aparecen en la obra en cuestió
Otra de las comparsas de la época, era la conocida con el nombre de “La Culebra de San Blas”. Abreu Fernández, siguiendo la misma fuente, es decir, los datos aportados por Espínola, nos cuenta que esta comparsa se escenificó por primera vez, en La Vega, el 27 de febrero de 1910. Respecto a San Blas, dice Abreu que es el “santo patrón de los enfermos de la garganta y de los cazadores, y cuya festividad celebra la Iglesia Católica el día 3 de febrero”. La comparsa de San Blas estaba compuesta de la forma siguiente, detalla Abreu: “El finado Fello Mejía (el personaje central, n. de j.m.j.) estaba vestido con un vistoso disfraz de indio, armado con arco y flechas, e iba delante con la culebra en forma de espiral enroscada a su cuerpo. Detrás iban los demás comparsantes vestidos de cazadores, armados de escopetas de pistón, cuerno y demás aderezos de cacería, e iban cantando” algunos cánticos también (p.50).

A modo de conclusión respecto a las comparsas, Abreu Fernández destaca, que luego con el paso de los años aparecieron otras con objetivos y criterios distintos a las dos comparsas a las que nos hemos referido, y en las que, incluso, se hacían alusión a ciertos personajes históricos. Pero, en lo que respecta específicamente a las de “La Culebra de San Juan” y “La Culebra de San Blas”, el autor vegano puntualiza lo que copiamos:


“Como puede apreciarse (…) las comparsas La Culebra de San Juan y La Culebra de San Blas no produjeron ningún impacto importante, ni en la temática ni en el sentido contestatario en las que posteriormente aparecieron en el Carnaval Vegano. La importancia reside en – aparentemente – haber sido las únicas de su época reseñadas íntegramente, y consecuentemente su impacto es referencial o histórico, circunstancia que ha sido aprovechada por los promotores e historiadores del Carnaval Vegano para destacar su existencia desde finales del siglo XIX” (p.55).

Una interrogante que de seguro ha ansiado el lectoral, encontrar y ver su respuesta, a través de estas anotaciones respecto al carnaval vegano, es la siguiente: ¿Son los diablos cojuelos auténticamente de La Vega, o fueron traídos aquí de otro lugar?

La figura del “diablo” señala César Arturo Abreu, aparece en el siglo X de la Era Cristiana, en Francia, cuando se representaba la lucha entre “el bien y el mal”; su personificación e identificación es “la de un ser con dos cuernos, una barba alargada, una cola y un tridente”. Esa concepción, nos apunta el autor vegano, viene desde los primeros tiempos del cristianismo cuando los romanos buscaron como elemento contrario al Dios Pan, que era el dios de los pastores, al que vino a representar el mal, que no era otra cosa que la figura de Lucifer o el Diablo. O mejor dicho: Satanás. En el siglo XVI al Diablo, en lugar del tridente le pusieron algo entonces novedoso: vejigas “para infligir castigos”.

El término “diablo” señala el autor, aparece en “Don Quijote de la Mancha” del célebre Miguel de Cervantes Saavedra; pero el de “Diablo Cojuelo” es propio de Luis Valdez de Guevara, quien bajo este título publicó una novela suya, en 1646.

“Como personaje de carnaval – anota Abreu Fernández citando a Dagoberto Tejeda de su obra “El Carnaval Dominicano: Antecedentes, Tendencias y Perspectivas” -, el Diablo Cojuelo llega a la isla de Santo Domingo con los colonizadores españoles…”. Algunos autores criollos sitúan su aparición en 1520; otros en 1578.

En Santo Domingo, en la época de la dictadura de Ulises Heureaux (Lilís) – y se tiene documentación de ello -, aparecen los “diablos cojuelos” en el carnaval, en sectores como La Marina y  la Zona Colonial. Eran pandillas de jóvenes vestidos de un mismo color, rojo o negro, con vejigas y “profusión de cascabeles y campanillas, y con un rabo”. Incluso, los de un sector usaban un color distinto al otro.

¿Vinieron entonces de Santo Domingo a La Vega los “diablos cojuelos”? Al respecto no hay una documentación que pruebe certeramente esto. Pero lo que si es cierto, es la atribución a un ingeniero italiano de nombre Alfredo Scaroina de haber traído a La Vega, en 1906, los diablos cojuelos. Scaroina había venido a La Vega a radicarse desde la Capital, ya que fundó una sociedad carnavalesca llamada “El Acero”. Eso sí, los personajes representados como diablos veganos, según el historiador vegano Mario Concepción, citado por Abreu Fernández, “llevaban disfraz sencillo totalmente de color rojo… las caretas eran sencillas, con dos chifles, sin cintas colgando, ni espejos, y uno que otro con cascabeles”. Puede, por tanto, verse que los diablos veganos representaban algunas variantes respecto a los de la Capital.

Sin embargo, puntualiza Abreu Fernández: “Es posible que por falta de documentación nunca podamos establecer la verdadera procedencia y origen del Diablo Cojuelo Vegano, y aunque admitimos que la aparición del personaje fue primero en Santo Domingo, eso no implica que el vegano tuviese su origen derivado del diablo capitaleño. Más bien nos inclinamos a pensar que ambos tuvieron como matriz a España y que uno llegó primero y el otro después. A fin de cuentas, son diablos los dos”.

 
El autor es escritor, ingeniero, miembro de la Academia Dominicana de la Historia y de la “Cátedra José Martí” en la UASD. 


West New York, USA.
4 de mayo de 2012.


RECORDANDO A ERCILIA PEPÍN

sábado, 30 de junio de 2012


 
Por Jesús Méndez Jiminián
 
´´ A tu casta memoria hoy consagro del recuerdo purísima flor, aunque corran veloces los años,  nos encierra en el alma angustiada de tu ausencia la herida fatal.´´  

De: María Antonieta Sagredo en sus Recuerdos sobre Ercilia Pepín. 
                      Puerto Plata, Noviembre  de 1947.


Esta columna reproduce en ocasión de cumplirse el pasado jueves 14 de junio el 73 Aniversario del fallecimiento de la insigne educador, patriota y civilista santiagués, Ercilia Pepín (1886-1939),  un trabajo publicado en  esa misma fecha, en 1940, en el periódico ´´La Nación´´ por la profesora Ana Josefa Jiménez  a la memoria de su fiel amiga, en el primer aniversario de su partida.

´´ELEGÍA   PÓSTUMA

A la memoria de la señorita Ercilia Pepín, en el  primer aniversario de su muerte

Cayó, sobre la clámide del tiempo, en la  desolada agonía de irreparable ausencia, la lúgubre y sombría campanada que marca, en la ruta de las horas,  el primer  aniversario de haberse rendido a la muerte, en una santa quietud de resignada entrega, la excelsa Maestra, la esclarecida civilista, la santiaguera insigne que partió hacia lo ígnoto, dejando tras su paso, una rutilante estela de orientadoras gestas, y una brillante ejecutoria de gran mujer y de idealista insuperable.

Un año ha que plegó en la nada aquel espíritu vibrante, que señaló tan amplios derroteros a los que  bebimos de él, hasta la saciedad,  todo el bagaje  de ensueños que se enredaban, como tupida urdimbre en torno a la magnificencia de su vida, vida de eterno holocausto sobre el ara sacrosanta de la Patria y de la  Escuela.
Un año que, entre un beatífico rumor de oraciones, en un emocionante silencio de pechos angustiosos, de corazones triturados, de manos que, implorantes, acariciaban, de miradas lánguidas, que en un ansia infinita de llenarse, para una eternidad, de la agonía de aquel cuadro, luctuoso e imponderable, se alzó a Dios, rompiendo el  manto azul del éter invisible, el alma  inmaculada de la que fue la Emperatriz del verso y del amor.

 ¿Un año?

Pero, si aún están tibios los blanquecinos pañales que sirvieron de  esquife a su partida.
Si aún está, presa sobre los almohadones donde descansaron, en su hora postrera, sus miembros en marcha, la huella amada de aquel cuerpo que supo, tanta veces, erguirse sobre el empinamiento de sus convicciones  profundas y firmes.
Si aún está intacto, en aquel cuarto que guarda, como joya prístina, su recuerdo venerado, el perfume de los lirios que dieron su ambrosía en la  quietud de aquella noche inolvidable, entre el  incesante chisporroteo de las antorchas, y el tibio  homenaje de rezos y de lágrimas que llenaban el ambiente enlutado y sombrío.
Si aún, cuando se irrumpe en la estancia que la albergó en aquella horas  amargas y postreras, parece que está allí, exánime, sus manos nacarinas dobladas, cual magnolias pensativas, sobre el pecho que fuera un día cobre sagrado de santidad… propiedad de su palabra, tierna y arrulladora hecha para alzarse como una canción, sobre la inquietud de las almas desoladas y sombrías.
Parécenos estar palpando, todavía, con el angustiado corazón puesto como peana a sus pies, con el alma apretujada de temores, aquel Vía-Crucis de dolores, de agonía, de sacrificios en que la sumió, un largo martirologio, la implacable impiedad del mar que minó su vida, que carcomió sus miembros, que convirtió su cuerpo en  un lacerado crisol de padeceres y de tormentos.



Un año. 

Que semeja un instante en la agónica  inquietud de la desesperanza.

Maestra, Madre, Amiga: 

En la orquestación magnífica del Universo. TÚ, eres ahora,  nota diluida, cristalina y límpida, que se desparrama como manojo de rosas, sobre los ámbitos celestes, en donde el Altísimo tiene su trono, circuido de arcángeles, nimbado de claridades.
Di, desde esas alturas, infranqueables, tu palabra de piedad, de  consuelo, de amor, a la desesperante soledad a que ha sumido, tu partida, nuestras almas.
Levanta tu ruego, ahora que, sobre la ruta de la verdad formas coro con los bienaventurados, y que revele él, vivificante, sobre nuestro espíritu, que en el caos de esta vida miserable, se extorsiona y desfallece.

ANA J. JIMÉNEZ YÉPEZ
Santiago, junio 14, 1940.´´

BUENAVENTURA BÁEZ: DE SUS ENREDOS AMOROSOS Y LAS PROMESAS A SUS AMANTES

miércoles, 27 de junio de 2012




Por Jesús Méndez Jiminián



SEGUNDA PARTE Y FINAL

Tras la desaparición física de Santana, en 1864, y finalizada la Guerra de la Restauración, con la salida de las tropas españolas de nuestro territorio (1865), Báez inaugura su tercer período de gobierno al juramentarse como presidente el 8 de diciembre del 1865 ante la Asamblea Nacional. En la ocasión, el padre Meriño retrató en cuerpo y alma a Báez, en un discurso que resultó ser un dolor de cabeza para el caudillo azuano, exhortándole, que pese a todo la Republica se “ha mantenido pura en medio del sufrimiento”; y que el “vicio y el crimen, apoyados en brazos de la tiranía, invadieron los puestos públicos e hicieron de los bienes de la nación su patrimonio”. Báez replicó a Meriño tras aquellas enérgicas palabras, recordándole: “yo nunca he andado descalzo vendiendo palomas en estas calles”. Meriño logró convertirse años después en el primer sacerdote en América, en dirigir un Estado. Asumió el cargo el 1 de septiembre de 1880.

No hay dudas de que Báez “engañó más de una vez a quienes trataban de retratar su personalidad”. El comisionado norteamericano Samuel Hazard, en 1871, visitó a Báez en varias ocasiones, y nos dejó esta imagen del caudillo:


“El Presidente Báez es un hombre elegante y agradable, de mediana estatura y buena apariencia. Tiene cincuenta y siente años justos, y en ningún caso se le podría tomar por otra cosa que por español si no fuese por su cabello, cuando gira la cabeza, presenta una cierta semejanza con el pelo característico de los africanos. Habla el francés tan bien como el español, pero él inglés solo tolerablemente. Parece completamente franco”.


El tercer “período de Báez trajo consigo numerosos movimientos revolucionarios”. Un triunvirato compuesto por los generales Gregorio Luperón, Pedro A. Pimentel y Federico de Jesús García lo sustituiría el primero de junio de 1866. Su destino sería Curazao. Retornaría al país en mayo de 1868, para iniciar su cuarto período de gobierno hasta el 2 de enero de 1874. Este período se conoce en nuestra historia como el de los “Seis años”. Más de treinta rebeliones se producen por estos años contra su régimen. Cabral y Luperón no le dieron tregua a Báez. Su intento de anexión a los Estados Unidos fue motivo de muchas adversidades y confrontaciones, que tuvieron en Luperón su mayor oponente.

 El célebre autor de la obra “Don Juan Tenorio”, José Zorrilla, conoció a Báez personalmente en una travesía por el Caribe, por aquellos años, y lo describió con estas palabras:

“(…) Hablaba de la política, de la literatura y los personajes influyentes de España y las Antillas con un conocimiento y un aplomo, con una moderación y un tacto tan especial que descarriaba todos los cálculos (…)”.

Las recepciones que Báez ofrecía a amigos especiales y a mujeres con las que establecía relaciones intimas, se dice, que era extravagantes: se disfrutaban los buenos vinos de Rhin y de Bordeaux, la champagne, buenos jamones y exquisitos quesos traídos desde Europa; las frutas de todas clases abundaban en la mesa y, la buena música de entonces nunca faltaba en sus banquetes.

Como aficionado que fue a los caballos, era un deleite para Báez pasear en ellos a sus presas femeninas. Una dama de nombre Julia Ward Howe que conoció a Báez, publicó de él en un periódico neoyorquino, en 1871, lo siguiente:


” (…) Permítanme describirlo… brevemente como a un hombre cordial y cortés, de rostro inteligente y voz agradable. Es de estatura regular; de una edad que anda entre los cincuenta y sesenta años. Su tez revela una ligera mezcla de sangre africana; pero sus ojos son azules y su pelo un poco rizado. Es ciertamente de distinción a menos que su cara mienta”.

Báez era sumamente obsequioso y detallista con las mujeres. Se afirma que hasta con los niños, los ancianos y sus parientes. Realizaba “frecuentemente donativos de dinero en efectivo, y ofrecía fiestas especiales…”. Según detalles de sus cuentas personales, los gastos mensuales de Báez oscilaban entre los 218 y los 616 pesos; una cantidad de dinero muy apreciable para entonces. Se ha afirmado, que a Báez le gustaban las peleas de gallos, aunque hoy día lo hay constancias de sus visitas a galleras. Lo cierto es, que Báez si sabia, de entre cien gallos, si el que canta “es pinto o, es el canelo”. Su hermano Damián con el que fue más afín, sí era dedicado a estas lides. Era también el que llevaba los records de sus cuentas y de los trabajos que el personal bajo su dependencia realizaba para Báez.

Es sabido al día de hoy, que “Báez fue un solterón toda su vida (…). Su pasión por una falda era un secreto a voces en todos los confines de país y fuera de aquí”.


Se conoce con toda seguridad, que cuando Báez dio la orden de fusilar al poeta e intelectual Manuel Rodríguez Objío, una señora se le presentó para pedirle de rodillas, clemencia para la victima, a lo que él dijo: “Levántese, Señora! Si su belleza pudiera salvarme del enemigo, yo la perdonara”.

La joven y elegante dama “era de la familia Godoy, los que conocían el donjuanismo de Báez – dice Rodríguez Demorizi –, la escogieron, exprofeso, para esa piadosa misión…”

Que sepamos nosotros, Buenaventura Báez y Méndez, dejó descendientes con las siguientes mujeres, según investigaciones que hemos llevado a cabo, y publicamos en nuestra obra “El Presidente Báez y La Vega (1849-1878)”:

“Férmina Andújar, con quien tuvo una hija: Amelia. Con la señora Teresa Batista, tuvo tres hijos: Carlos Báez Batista, Manuel María Báez Batista y Pablo Báez Batista.

Con María del Carmen Cordero, a quien hizo la promesa de matrimonio que nunca llego a consumarse, tuvo un hijo: Félix Báez Cordero. La señora Corina Dupont, de nacionalidad francesa, establecida en Saint Thomas, fue amante de Báez también. Con ella tuvo dos hijos: Manuel Báez Dupont, a quien llamaban Manolito, y María Báez Dupont.

Con la señora Concepción Machado y Peralta, viuda del señor Martin Miura, Báez tuvo dos hijos: el doctor Ramón Báez Machado y el ingeniero Teodoro Osvaldo Buenaventura Báez y Machado.


Ramón Báez y Machado ocupó diversas posiciones públicas de importancia, entre ellas: diputado, Presidente del Ayuntamiento de Santo Domingo, y  Presidente Provisional de la República… 1914.

Finalmente, con la señora Josefa Silverio, Buenaventura Báez tuvo un hijo: el general Francisco Báez, quien durante el gobierno de Alejandro Woss y Gil, en 1903, ocupó el cargo de gobernador de Azua”. (p. 44).

Como puede apreciarse, Báez reconoció a todos sus hijos; los dejó en buena posición económica y les brindo muy buena educación.

En mayo de 1869, Báez tramitó con Edward Hartmont y Compañía un préstamo que inicialmente era de 757,000 libras esterlinas. El Congreso Nacional redujo la cifra en 20,000. “… Báez consiguió el préstamo, no con el supuesto fin de construir carreteras y ferrocarriles, sino mas bien – dice Hauch – para redimir parte del papel de moneda y para hacer frente a sus obligaciones políticas y gubernamentales”. Este se constituyó en uno de los peores desastres económicos de nuestro país.

El corresponsal norteamericano Andrew D. White en su “Autobiografía”, reseñó de Báez en la década de los años 70 del siglo XIX, estas palabras:

“Un gobernante que triunfa gobernando a las mujeres, está seguro de la obediencia de los hombres”.

¿Y usted que piensa?




El autor es ingeniero, escritor, miembro de la Academia Dominicana de la Historia y de la Cátedra “José Martí” en la UASD.

Princeton University, New Jersey, USA.
11 de abril de 2012.

BUENAVENTURA BÁEZ: DE SUS ENREDOS AMOROSOS Y LAS PROMESAS A SUS AMANTES

lunes, 25 de junio de 2012


Por Jesús Méndez Jiminián


“Jamás puede un tirano de cadenas cargar al pueblo fuerte que enfurecido se alza, lidia, triunfa, o sufre noble muerte”.
  José María Heredia


PRIMERA PARTE

 La influencia política y la personalidad de Buenaventura Báez (1812-1884), a quien sus íntimos llamaban Ventura, han sido objeto de estudio y análisis por parte de investigadores nacionales y extranjeros de la historia dominicana.

El caudillo del Sur “compartió junto al general Santana el liderazgo político nacional desde los primeros años del nacimiento de la República, y más tarde fue rival de Luperón (…)”

Mu-Kien A. Sang ha descrito a Báez como un “político orgulloso, aristócrata y absorbente”. Otros, entre ellos don Emilio Rodríguez Demorizi, ha apuntado sobre su personalidad, que era un “hombre enérgico, altanero, con instrucción no común para la época”.

Quizás en esto ultimo que hemos anotado, radica el pecado mayúsculo de Báez en términos políticos, pues, producto de su esmerada educación el país esperaba más de él en la conducción de sus destinos. Sin embargo, es casi seguro que algunas de sus aficiones, entre ellas su desmedido afán de lucro personal y las mujeres, que formaron parte intrínseca de su vida, hayan eclipsado su trayectoria de servicio al país.

Pero, también puede ser que en sus raíces familiares se encuentre la clave perfecta para examinar su escandalosa conducta pública y privada. El padre de Buenaventura Báez, Pablo Altagracia Báez, nació fruto de una relación adúltera entre un cura, Antonio Sánchez Valverde, y su madre. Producto de esta situación, el niño fue abandonado, y adoptado por un señor francés de oficio platero, de quien adquirió el apellido Báez. Ya hombre, Pablo Altagracia logró hacer fortuna, en Azua, llegando a ser propietario de grandes fincas de cortes de madera, aserraderos, panaderías, destilerías, etc. Incluso, en 1821 llegó a ser alcalde de Azua.


La madre de Buenaventura Báez, Teresa de Jesús Méndez, a quien comúnmente llamaban “Camateta”   o “Mai- Teresa”,  era una “esclava que Pablo Altagracia Báez compró a un señor llamado Eduardo Ferrer, logrando convertirla en su mujer”. De la relación marital entre los padres de Báez  nacieron, incluido él, siete hijos bastardos: Buenaventura, el mayor de todos; Carlos, Félix, Damián, Altagracia, Irene y Rosa. Sabido es, que Pablo Altagracia tuvo hijos con varias mujeres más, algo en lo que con el tiempo le seguirá los pasos su primogénito Buenaventura.

Buenaventura Báez y Méndez, nuestro personaje, “saltó a la vida pública en 1843” cuando fue electo por la provincia de Azua como diputado a la Constituyente haitiana, logrando ocupar más tarde, ya proclamada la República (1844), otras posiciones públicas de cierta relevancia.

Por estos años, en los que alcanza cuanto prestigio político, Charles Christian Hauch en su obra “La Republica Dominicana y sus Relaciones Exteriores (1844-1882)”, describe a Báez en estos términos:

“…Báez era un agradable cortesano, que vestía con elegancia al estilo victoriano de la época, que usaba patillas y cuidaba bien su cabello. Era un político hábil, que sabia valerse del tacto y la suavidad para lograr sus objetivos”. (p. 54).

Con el andar del tiempo, ya en la etapa de madurez de su carrera política, el propio Hauch en su citada obra apunta, que “Báez era un ejemplo típico del político suave, cultivado e inescrupuloso”.

A la edad de 37 años, y con muy buena popularidad en todos los sectores de la vida dominicana, Báez juró por primera vez a la Presidencia de la Republica, el 24 de septiembre de 1849, contando con el apoyo del general Pedro Santana de quien había sido su Consejero. Sin embargo, las confrontaciones políticas entre ambos líderes no tardarían en desatarse. En 1853 se produce la ruptura definitiva entre ellos. Se convertían en enemigos políticos. El poder los apartaría para siempre. Los adversarios de Báez, le dedicaron entonces esta “agresiva copla” al decir de don Emilio Rodríguez Demorisi. 

“No le digan Presidente, díganle Ventura Báez,
que es el hijo de Mai- Teresa, esclava de Pablo Báez”.

Desde sus años mozos, Báez, era ya todo un galán para las mujeres. De esta época y, sus primeros pasos en la carrera política, Hauch recuerda esta descripción del joven donjuán de la política criolla:

“(…) Báez era un caballero fino y culto, que había recibido una educación en Francia: un hecho que supuestamente le convertía en francófilo (…), más inclinado a esa nación que a otra potencia en el juego dominicano de buscar estrechas relaciones con algunos extranjeros”. (p. 54).


Hoy día se desconoce si Báez alcanzó título académico alguno en sus estudios superiores. Durante su primer período de gobierno (1849-1853) el país disfrutó de una relativa estabilidad político-social. Las revueltas políticas desaparecieron. Santana logró instalarse nuevamente en el poder en junio de 1856. Báez se convierte en exiliado político y se dirige a Saint Thomas. Desde ahí conspiraría hasta volver al poder nuevamente en septiembre de 1856. En su segundo gobierno, muy breve por cierto, una revolución cibaeña lo sacaría del poder en  el verano de 1857: la Revolución de Julio. Pese a que Santana asume por nueva vez las riendas del Estado, sus días de gloria estarían contados. Báez, por su lado, tendría todo un mundo político por delante, y también, fortuna que amasar y muchas mujeres con las que se enredaría en el camino, prometiéndoles a todas amor y boda, cosas que nunca cumpliría. Continuará.



El autor es ingeniero, escritor, miembro de la Academia Dominicana de la Historia y de la Cátedra “José Martí” en la UASD.

Princeton University, New Jersey, USA.
                                                                           11 de abril de 2012.

OTRAS OBRAS DE DIEGO RIVERA EN EL MOMA DE NUEVA YORK

domingo, 17 de junio de 2012


Por Jesús Méndez Jiminián


Entre 1927-28  Diego Rivera visitó la entonces Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) como parte de una delegación oficial de miembros del Partido Comunista de México, del que fuera uno de sus fundadores, para los festejos del Décimo Aniversario de la Revolución rusa. Rivera logró presenciar, en Moscú, algunas actividades políticas a muy poca distancia del líder socialista Josef Stalin.

Como artista comprometido políticamente, Rivera “Reflejó su adhesión a la causa socialista” en muchas de sus obras. Incluso, fruto de esta visita a la URSS realizó diversas pinturas, en las cuales se aprecian la vida misma del pueblo ruso. En aquellos tiempos su amigo norteamericano Alfred H. Barr Jr. le motivó para que antes de partir de Moscú, él dejará sus impresiones a través de la pintura.

Una de las grandes obras de Rivera en Moscú, es la frase lleva por título “Enrielando Moscú” (1927); que exhibió el MOMA en Nueva York, la escena de esta obra muestra a varios hombres trabajando afanosamente en las vías del tren; una de las tantas que por aquellos tiempos activaban la economía rusa, bastante agrietada a causa de la recién finalizada revolución bolchevique liderada por Lenin.

En total Rivera realizó más de 45 pequeñas obras sobre distintas escenas en la capital soviética y, algunos otros lugares visitados por él. En la mayoría de estas escenas aparecen militantes del Partido Comunista ruso portando grandes banderas rojas, y manifestándose en la Plaza Roja de Moscú, lugar central de dichas manifestaciones. Todas estas pequeñas pinturas fueron realzadas por el artista en 1928.

Durante esta época tanto México como la Unión Soviética emergían de sus respectivos procesos revolucionarios. La presencia del artista mexicano en Moscú marcó el renacimiento de la pintura de mural.

En la exposición que exhibió en febrero de este año el Museo del Arte Moderno (Moma) de Nueva York, también se muestran algunas fotografías de Rivera durante la realización de sus trabajos, en su estudio, en este Museo en 1931 cuando se encontraba en la Gran Manzana. Además, en el MOMA se exhibieron muchos recortes de periódicos neoyorquinos de la época, tales como: The New York Times, que trae un reportaje sobre Rivera en su edición del domingo 15 de noviembre de 1931; por su lado, el New York Herald Tribune también realizó otro reportaje, sobre el afamado muralista mexicano, que apareció el domingo 22 de noviembre de ese año. Asimismo, la afamada revista norteamericana FORTUNE  de marzo de 1932 presentó en su interior un trabajo sobre el pintor, lo mismo que la revista rusa CAMPO ROJO (Kragnaia Niva) que en su edición número 12 presenta en su portada de 1928, una ilustración de Diego Rivera.

También en la exhibición se mostró una fotografía de Rivera, que le fuera tomada por su amigo Alfred H. Barr Jr., en Moscú, el 13 de febrero de 1928. Durante su estancia en la URSS, Rivera convivió con Alfred H. Barr Jr. y a Jere Abbott, que poco después se convertirían en el primer director y subdirector del Museo de Arte Moderno, respectivamente” de Nueva York.

Manhathan, Nueva York.
3 de febrero de 2012.

El autor es ingeniero, escritor, miembro de la Academia Dominicana e la Historia y de la “Cátedra José Martí” en la UASD.